“REMEMBRANZA DE UNA CELEBRACIÓN DEL ANIVERSARIO DE LA PATRIA”

Jorge A. Alarcón Johnson

Contraalmirante

El vicealmirante Sr. Geoffrey Robson había izado su insignia de Comandante en jefe de las Fuerzas Navales Británicas en el Atlántico Sur, en el portaaviones Warrior, que estaba al mando del comodoro Sr. Roger Hicks, para efectuar una visita a Sudamérica. En dicho portaaviones me encontraba embarcado como teniente en viaje de entrenamiento. Era el único oficial extranjero entre una dotación de 75 oficiales y 500 tripulantes. Desde mi llegada a "bordo había recibido reiteradas muestras de cortesía y especial deferencia. Los tradicionales vínculos de amistad entre la armada británica y la Armada de Chile me habían permitido encontrarme con verdaderos amigos que me hacían olvidar lo lejos que estaba de los míos. Al amanecer del día 18 de septiembre de 1957 navegábamos en demanda del puerto de Río de Janeiro, a donde recalaríamos al día siguiente. Mientras me vestía pensaba que, tal vez, la fecha pasaría desapercibida a bordo, salvo para mí. Recordaba, con nostalgia, las celebraciones dieciocheras tradicionales de nuestra patria en las naves chilenas, a las 08 horas, se izaría empavesado completo con 21 salvas de ceremonial. Desfile, Tedéum, fondas y ramadas acudían a mi mente como en un tropel. Cuando así cavilaba golpearon a la puerta de mi camarote. Era el guardiamarina ayudante del segundo comandante del portaaviones, quien me manifestó: —Buenos días señor, feliz día de la independencia de Chile. Tengo instrucciones del Sr. segundo comandante de informarle que hoy, a las 08 horas, por orden del Sr. almirante Sir Geoffrey Robson, el buque izará medio empavesado en homenaje al Día de la Independencia de Chile. Me pareció despertar de un sueño, y estoy cierto que el guardiamarina al estrecharme la mano comprendió perfectamente mi emoción. Me vestí presuroso y subí a la cubierta de vuelo principal. La banda ya estaba tomando colocaciones al centro de la cubierta y frente al puente de mando. Justo a las 08 horas, en la quieta atmósfera del Atlántico sur, que amanecía con un sol esplendoroso, se escucharon los marciales acordes de nuestro himno nacional, y a sus sones, en lo más alto del palo mayor del portaaviones, se izó la bandera de Chile. Terminado nuestro himno, la banda interpretó la introducción del himno británico "God Save the Queen…” izándose a proa el jack naval y a popa el pabellón británico. Ya no me sentiría solo en aquel 18 de septiembre, nuestra bandera, flameando orgullosa allí en lo alto, sería mi mejor compañía. Mientras la banda y la guardia militar se retiraban contemplé mil veces ese tricolor. Qué profundo significado había en ese gentil gesto del Sr. almirante Robson. Qué hermosa flameaba allá en lo alto esa bandera. Fueron muchos los oficiales y tripulantes que se acercaron para saludarme, deseándome cada uno de ellos un cordial "Happy Independence Day, Sir", pero las emociones que me iba a deparar ese 18 de septiembre aún no las imaginaba. Bajé a la Cámara de Oficiales a tomar desayuno, y al entrar a ella todos los oficiales allí presentes golpearon con sus manos sobre la mesa deseándome también feliz día de la independencia de Chile (en una Cámara de Oficiales de un buque británico no es costumbre aplaudir). A las 10 de la mañana el teniente ayudante del Sr. almirante Robson me ubicó en la Central de Informaciones de Combate, donde yo me encontraba de instrucción, y junto con saludarme cordialmente me transmitió los saludos del Sr. almirante Robson y su invitación para almorzar con él en su cámara a las 12.00 horas de ese día. Qué deferencia la del Sr. almirante. En su cámara le acompañaba el Sr. comodoro, su jefe de estado mayor y su oficial de operaciones, y en el centro de la mesa habían dos hermosas astas; en una la bandera británica, en la otra nuestra bandera tricolor. El almuerzo transcurrió en amena charla y haciendo reminiscencias del paso del portaaviones por Valparaíso y Punta Arenas. A lo hora de los brindis reales el Sr. almirante, poniéndose de pie, brindó por S.E. el Presidente de la República de Chile. Conocedor ya del protocolo naval británico, me correspondió retribuir, ofreciendo sentado, un brindis por Su Majestad la reina Isabel, y todos bebimos por ella, sentados, costumbre adoptada en el protocolo naval británico desde hace más de 300 años, en que en una oportunidad, estando el Rey a bordo, al levantarse el almirante para ofrecer el brindis real chocó en un refuerzo de la estrecha cámara de una fragata británica, hiriéndose la cabeza. Ante esto el Rey decretó que, en lo sucesivo, a bordo de un buque de guerra británico los brindis por el Rey serían en posición sentada. En la tarde de aquel 18 me correspondió, durante las horas de práctica, volar en un helicóptero de rescate. En un atardecer de escasa brisa, con una mar totalmente en calma y el portaaviones aproado al viento, desde el helicóptero de rescate, orbitando alrededor del buque, pensé en el privilegio que mi carrera me deparaba, no sólo por la oportunidad de conocer los adelantos de una gran armada como la británica, sino por poder representar a la Armada de Chile en ese homenaje que un buque británico le rendía al desplegar nuestro pabellón en el día de su independencia nacional. Al aterrizar, nuevamente se me acercó el guardiamarina ayudante del segundo comandante, esta vez para informarme que todos los oficiales me invitaban, a las 20 horas, a una comida de gala en mi honor, en la Cámara de Oficiales. La vieja armada británica, con su tradicional protocolo y cortesía, nos imponía asistir en uniforme de etiqueta, pero, pese al formalismo, en aquella comida reinó la más cordial camaradería, como si todos quisieran hacerme sentir que no estaba solo en un día tan significativo para mí, y en sus palabras el comodoro Hicks tuvo la gentileza de reflejar los tradicionales lazos de amistad que existían entre las dos armadas, recordando que el almirante Lord Cochrane había llegado a Chile, en 1818, junto a un selecto grupo de oficiales navales británicos, para comandar nuestra naciente primera Escuadra nacional. Terminó así para mí, en forma inolvidable, el 18 de septiembre de 1957. Creo que tendré siempre una deuda de gratitud para con el almirante Sir Geoffrey Robson, con el comodoro Sr. Roger Hicks y con cada uno de los oficiales de portaaviones Warrior, donde tuve la suerte de efectuar mi viaje de entrenamiento. Al relatar las agradables incidencias de aquel día, siento que estoy expresando mi reconocimiento a esa hidalga gentileza de los marinos británicos para con, en ese entonces, un joven oficial de la armada chilena. Tal vez, otros detalles de ese día ya los he olvidado, pero aquel hermoso recuerdo de esa bandera chilena flameando airosa en lo más alto del palo mayor de un portaviones de S.M. Británica, en un 18 de septiembre, en las aguas del Atlántico sur, ¡jamás lo olvidaré!

* Sección que presenta al lector, cortos textos literarios de clara ambientación marina. Pueden provenir da colaboraciones originales e inéditas, remitidas especialmente, o ser reproducciones de textos aparecidos anteriormente en Revista de Marina o bien extractos de obras ya publicadas que han devenido en verdaderos clásicos en su género.

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